Un accidente provocado a propósito deja a Laurel en estado vegetativo. Durante tres años, Fernando —su tío político, sin ningún lazo de sangre— la cuida con una devoción silenciosa y profunda. Pero Laurel no logra escapar de la muerte, y se va sin haber podido corresponder a sus sentimientos.
Sin embargo, Laurel recibe una segunda oportunidad: despierta de nuevo a sus dieciocho años, en pleno último año de preparatoria. Con la lucidez que le dejaron esos tres años de inconsciencia, comprende por fin que el cariño de su madrastra y su hermanastra siempre fue una farsa. Esta vez, Laurel no piensa quedarse de brazos cruzados: se enfrentará a quienes le desean el mal y, sobre todo, no dejará pasar el amor genuino que Fernando le ofrece.