Fidel Lozano regenta un puesto de wantanes. Le encanta esta vida de barrio: cocinar, charlar con los viejos amigos y escuchar los elogios de los clientes. Si se cansa, cierra y se va diez o quince días sin avisar. Algunos lo tachan de raro. Su propio hijo, Félix Lozano, piensa igual. Un día le pregunta: Papá, ya he ganado diez millones. ¿Para qué sigues con ese mísero puesto de wantanes? Fidel responde: No, hijo. Con diez millones ni siquiera te alcanza para comprar uno solo de mis wantanes.